
Quisiera ser árbol quejumbroso, de profundas raíces y ramas resistentes, con la tierra a mis pies, y por hogar, el firmamento celeste.
Quisiera que mi piel fuese arañada por mil corazones, alimentados de iniciales hambrientas de esperanzas, y poder prestar esa sombra que los enamorados anhelan, buscando un buen cobijo para los besos robados, y de ese amor, ser más que testigo: ser cómplice encumbrado.
Quisiera ser metrópolis para cientos de insectos que en mi tronco encontrasen el refugio más bello; y que mis brazos, abiertos al cielo, sujetasen los nidos de todas las aves que cantan al alba.
Quisiera que de ellos colgase un columpio para cada niño perdido, para cada niña asustada, dibujando en sus caras una tierna sonrisa que les alumbre las noches.
Quisiera ver correr años, siglos y milenios, ver pasar el tiempo sobre cada mirada, y poder decirte siempre que no te inquieten los días, que ellos son tu vida, tu guía y tu única certeza.
Y quisiera no ser sólo admirado por mis efímeras flores de fragancias delicadas, ni deseado por mi fruto jugoso, sino ser también recordado por mi grandeza perenne, y por hacer realidad miles de sueños e ilusiones presentes.
Imágenes de los magníficos ficus de la Alameda Apodaca, en Cádiz.